lunes, 3 de marzo de 2008

Un café en el Tortoni

Con unos minutos libres a mi disposición, hice un desvío en la ruta de vuelta a casa. Tomé un colectivo distinto al de siempre y decidí bajarme en Piedras y Rivadavia.
Tenía ganas de sentarme en un bar tranquilo, pero no desierto del todo, un saborear un rico café con un tostado. Enseguida me dí cuenta que estaba a media cuadra del Café Tortoni y allí dirigí mis pasos.
Lo primero que me hizo seguir de largo de la puerta fue la cantidad de turistas sobreexcitados que allí se sacaban fotos, sin mencionar a los que parecían ser estudiantes de tango de la academia contigua, que en típica voz de argentino fanfarrón (y afeminado) vociferaban sobre la manera correcta de presentar un show de tango (for export, of course).
De todos modos decidí entrar para cumplir con mi deber de porteña de alguna vez tomar "un café en el Tortoni".
Ni bien entré, me asaltó el bullicio de personas preguntando por reservas. Atiné a preguntar si podía entrar, sola, a tomar un café. Me mandaron al fondo.
No fue tan mala la idea, ya que desde el fondo tenía una perspectiva bastante amplia del lugar, incluso tenía cerca mío, en una mesita del café, a los muñecos tamaño natural de Borges, Gardel y Alfonsina Storni. Pude observar también varios cuadros de pintores locales; pude observarlos y repetidas veces a cada uno de ellos hasta que un mozo con cara de nene se dignara a acercarme el menú.
Menú en mano, confirmé que los precios en este lugar son levemente más elevados que en demás lugares de similar especie. Así y todo, pedí mi café con leche y un tostado.
Aquí debo estar de acuerdo con mi padre: para ser el "Gran Café Tortoni", mítico café de Buenos Aires, la infusión es un asco y el tamaño del tostado es de muestra gratis, y como todas muestras gratis, tuvo muy buen sabor, pero uno siempre se queda con ganas de más.
Al mozo que me tocó en suerte, durante todo el tiempo que estuve ahí, parecía que le costaba acercarse a venir a cobrarme antes de que me fuera. Si no fuera una persona honesta, me levantaba y me iba sin pagar.
Con respecto al edificio, vale la pena verlo tanto como el café vale la pena evitarlo. La decoración de las paredes, las columnas, los vitrales y la pulcrísima limpieza hacen que sea todo un gran espectáculo para los ojos. Lástima que el resto de los sentidos no puedan deleitarse de igual manera. Es por eso que quiero enviar mis felicitaciones al personal de limpieza por su esmero.
En conclusión, no podría decir que fue un malgasto de mi tiempo, pero eso sí, la próxima vez que quiera ir a un café mítico de Buenos Aires, me voy a Las Violetas o Los Angelitos.